martes, 17 de abril de 2012

Un nuevo paradigma para eliminar la violencia contra las mujeres


Conferencia de clausura del Encuentro Internacional sobre Violencia de Género, realizado el 10 y 11 de junio de 2010 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, CABA.
Alda Facio

I. Las buenas noticias en la lucha contra la violencia basada en el género contra las mujeres:
30 años de avances…
Cuando hablamos de violencia contra las mujeres es importante reconocer que hemos tenido muchos logros a nivel internacional, regional, nacional y local. En el ámbito internacional, existe la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW por sus siglas en inglés), la Declaración Internacional sobre el tema y las Plataformas de Acción de Viena, Cairo y Beijing, que especifican muchos temas relacionados con la violencia que padecemos las mujeres, sin olvidarnos que fue la Declaración y Plataforma de Acción de Viena la que por primera vez reconoció que la violencia contra las mujeres es un asunto de Derechos Humanos.
Siempre a nivel internacional, hay algunos mecanismos de derechos humanos, como la Relatora Especial sobre Violencia contra las Mujeres y otras relatorías, que tienen que ver con distintas formas de violencia; está el estudio en profundidad del Secretario General sobre el tema, que demuestra cómo la violencia es un fenómeno mundial que debe ser eliminada, podemos mencionar la campaña del Secretario General de la ONU para acabar con la violencia, así como muchos mecanismos, estudios y declaraciones de las diferentes agencias internacionales. En el ámbito regional, hay también grandes logros que ya han sido discutidos aquí, y que por falta de tiempo no enumeraré. Tampoco enumeraré los numerosos avances que hemos logrado a nivel local y nacional, no porque no sean los más importantes, sino porque son demasiados para enumerarlos en el tiempo que tengo y también porque han sido mencionados por otras y otros compañeros.
Lo anterior es muy importante porque aunque hemos avanzado muchísimo en todas estas esferas relacionadas con la promulgación de leyes sobre algunos tipos de violencia contra las mujeres, así como con la implementación de políticas públicas sobre el tema y la creación de algunos mecanismos nacionales que se especializan en la cuestión, como los observatorios y fiscalías especializadas; lo cierto es que las estadísticas, las investigaciones, las denuncias y los testimonios nos demuestran que la incidencia de la violencia contra las mujeres no ha bajado a pesar de estos avances. Todo lo contrario, los estudios demuestran que ha aumentado en la gran mayoría de los países del mundo.
En mi opinión, la violencia seguirá aumentando mientras no transformemos el paradigma patriarcal dominante por otro más holístico y centrado en el amor por la vida. Esto es algo difícil de lograr, pero lo que me preocupa es que ya ni siquiera se discute su necesidad en el contexto de la violencia contra las mujeres. La buena noticia es que, aunque no se discuta en este contexto, y como lo explicaré más adelante, estamos presenciando la emergencia de un nuevo paradigma en la ciencia que, al afectar la manera como entendemos el mundo, bien puede resultar en el desplazamiento del paradigma patriarcal y, por ende, en una nueva forma de entender el mundo que será más conducente a la eliminación de la violencia contra las mujeres.
Es cierto que muchas leyes y políticas reconocen que la desigualdad entre mujeres y hombres es una de las causas principales de esta violencia.
El problema es que ninguna establece de modo contundente el lazo entre la cosmovisión patriarcal y la violencia contra las mujeres. Esta cosmovisión patriarcal, al poner al hombre como centro del universo, margina e infravalora todo lo asociado con lo femenino y las mujeres y, en consecuencia, naturaliza, invisibiliza o trivializa la violencia de los hombres, no sólo contra las mujeres, sino contra todos aquellos seres que no sean percibidos como ese ser supremo, que es el modelo de lo humano según el paradigma patriarcal, es decir: el hombre adulto, blanco, heterosexual, sin discapacidades visibles, propietario y no migrante.
Como dije, hemos avanzado muchísimo porque, además de todos los instrumentos y mecanismos, ahora también contamos con conocimientos, estadísticas y estudios que nos dicen que la violencia contra las mujeres sucede en todas las sociedades, y se manifiesta de tantas formas como culturas hay en nuestro planeta. Esto es muy importante, porque nos hace reconocer que la violencia contra las mujeres no es causada por la guerra, porque sucede en países en paz; no es causada por el alcohol, porque se da hasta en países en donde está prohibido; ni tampoco es causada por la pobreza o el subdesarrollo, porque se da en países ricos e industrialmente desarrollados. Tampoco se debe a la migración, porque se da antes y después de ella; ni tampoco es debida a la ignorancia o la falta de educación, porque se tienen datos de la violencia ejercida contra las esposas de presidentes de universidades, ministros de justicia y grandes científicos, literatos y poetas. Lo que sí tienen en común todas las sociedades y grupos humanos que actualmente conviven en este planeta es la centralidad y glorificación de la masculinidad y los valores asociados con ella. Hace 30 años no teníamos ninguno de los avances que mencioné, pero sí teníamos la convicción de que la violencia contra nosotras era inherente al sistema patriarcal. Gracias a las víctimas de todo tipo de violencias que tuvieron el coraje de romper el silencio hace más de 30 años, desde entonces se empezó a creer en la memoria fragmentada de las niñas abusadas sexualmente hasta por sus propios padres, en la palabra rota de las mujeres golpeadas por quienes habían jurado defenderlas y en la mirada perdida de las violadas por hombres extraños a quienes ellas no les habían hecho ningún daño.
Hace 30 años empezamos a reconocer y a honrar a las víctimas de tantos abusos, creando espacios seguros para que sanaran, sin importarnos si podíamos probar su dicho ante un tribunal. Por primera vez en siglos, descubrimos nuestros cuerpos de mujer y las increíblemente variadas formas en las que el patriarcado nos torturaba: la mutilación de muchas partes de nuestros cuerpos desde los pies, el cuello, los pechos, los muslos, hasta los genitales y órganos reproductivos, el infanticidio femenino debido a la preferencia por bebés masculinos, la caza de brujas, el abuso sexual incestuoso, la tortura en el hogar, la violencia relacionada con la indumentaria femenina, la pornografía, la trata y comercialización de los cuerpos de mujeres y niñas, la maternidad forzada, la sexualidad impuesta, la violación sexual, la esclavitud sexual y doméstica, sin olvidar la moda femenina que exige cuerpos torturados por dietas, cirugías innecesarias, tacones altísimos y todo tipo de químicos blanqueadores para las pieles oscuras o bronceadores para las blancas[i]. Al oír lo que nuestros cuerpos habían callado durante tantos milenios, supimos que un sistema que trata así a los cuerpos que dan vida no podía ser un sistema basado en el amor, sino, todo lo contrario, era un sistema centrado en la separación, la fragmentación y la violencia.
La mala noticia es que nos estamos olvidando de que todo eso lo logramos porque hace unos 30 años las feministas empezamos a buscar y construir nuevos paradigmas en donde se valorara lo femenino tanto como lo masculino, la reproducción tanto como la producción, el pensar tanto como el sentir y la naturaleza tanto como la cultura. Utopías en donde la forma dicotómica de entender el mundo fuera reemplazada por un pensamiento holístico que valorara la diversidad al tiempo que viera la unicidad en todo.
También inventamos nuevas y más antiguas formas de crear, de rezar, de sentir placer. Hicimos pintura, danza, música, cine desde otros paradigmas. Empezamos a hablar en "a" cuando hablábamos de nosotras. Inventamos rituales para acercarnos a otras formas de conocer. Re/conocimos a la Madre Tierra. Sentimos que era posible amar sin disolverse en él o la otra. Creímos en nosotras.
Por eso, aunque hace 30 años no teníamos ninguno de los mecanismos, o leyes, o políticas sobre la violencia contra las mujeres, sí teníamos más claridad en cuanto a la comprensión de que la violencia contra las mujeres no se podría eliminar sin cambiar la forma de entender el mundo dentro del paradigma patriarcal. Sabíamos que el androcentrismo impide ver que la realidad es mucho más rica que la que se ve con los lentes ginopes. Sabíamos que el patriarcado, hoy en día en su forma capitalista, crea una perspectiva o, mejor dicho, nos pone unos anteojos desde que nacemos, a través de los cuales aprendemos a ver una realidad fragmentada y dicotómica. Estos anteojos sólo nos permiten ver de manera selectiva. Algunas cosas las podemos ver muy claramente, y otras apenas las vislumbramos o no las vemos del todo. Y aunque hace 30 años no teníamos todavía los lentes del género, que nos ayudaran a ver más claramente la realidad, sí teníamos el convencimiento de que nuestra visión nos estaba impidiendo ver lo que era realmente importante para las mujeres.
Y lo que era y sigue siendo importante, no sólo para las mujeres sino para todas las personas interesadas en crear un mundo de paz y justicia social, es que ese mundo no es posible si se siguen invisibilizando las experiencias de las mujeres, porque si el mundo de las mujeres es invisible, también lo es la violencia contra nosotras. Y si la violencia contra nosotras es invisible, no se puede hacer nada para erradicarla. Y mientras subsista la violencia contra las mujeres, el mundo en que vivimos seguirá siendo más y más violento debido a su desprecio por las dadoras de vida.
Y es que la forma patriarcal de entender el mundo nos hace no registrar la violencia contra las mujeres como un problema de la magnitud que tiene, precisamente, porque es contra las mujeres. Si este tipo de violencia se diera contra los hombres adultos en sólo un pequeño país, por ejemplo, ya los medios de comunicación internacionales, los grupos de derechos humanos y hasta los Estados hubieran puesto el grito en el cielo, y las Naciones Unidas hubiera declarado un bloqueo. Pero resulta que a pesar de su magnitud, y aunque ya no es tan invisible, aún las mujeres víctimas siguen viviendo esta forma de violencia como natural, y ni qué decir de los agresores. Y, para darles un ejemplo de esta naturalización que se hacía hace 15 años de la violencia contra las mujeres, les quiero contar una experiencia.

II. La cosmovisión mecanicista como resultado del paradigma patriarcal
Hace 15 años fui invitada a dar una charla a un grupo latinoamericano de criminólogos sobre la violencia de género contra las mujeres. En aquella época, todavía se hablaba muy poco de este tema. Mi charla debió conmover a muchísimos de los y las presentes porque, al finalizarla, hubo un silencio cargado. Era la primera vez que en el congreso anual de criminólogos críticos se incluía ese tema. Me pude dar cuenta de que, realmente, la mayoría no tenía idea de que la violencia de género destruye a más mujeres cada año en el mundo que las guerras, los accidentes de tránsito, los homicidios callejeros o los terremotos. Ni tampoco que la violencia de género contra las mujeres es aquella que se ejerce contra nosotras, por ser mujeres, y que incluye desde los chistes sexistas hasta los actos más deshumanizantes, humillantes o degradantes que los hombres se hayan podido imaginar. Peor aún, nadie se había percatado de que la violencia contra las mujeres afecta también a los hombres y al planeta mismo.
Bueno, como les decía, hace 15 años no sabíamos tanto como ahora sobre la violencia contra las mujeres y por eso creo, como dije anteriormente, que el público quedó muy impactado: después del silencio cargado vinieron muchos aplausos, y luego, durante el descanso, varias criminólogas de distintos países se me acercaron para darme las gracias por haberme “atrevido” a hablar de un tema tan “femenino” en un congreso de esa naturaleza.
Cuál fue mi sorpresa al oír al siguiente orador, un destacado criminólogo crítico latinoamericano, afirmar que sí, que la violencia contra las mujeres era un asunto muy serio, pero que esto era parte de una cadena de violencias en la que el hombre le pega a la mujer, la mujer al niño, el niño al perro, el perro al gato y el gato al ratón. Fue así como, en menos de unos cuantos minutos, este gran criminólogo había transformado la actitud de las y los participantes de una de respeto, asombro y hasta conmoción, a otra de hilaridad y aceptación de la violencia como algo natural e inevitable. A los pocos minutos, el orador ya estaba hablando de lo que, en su concepto, era un tema realmente serio: la delincuencia callejera y sus víctimas.
¿Cómo logró este criminólogo la transformación de los y las participantes?
Naturalizando aquello que no es natural, al tiempo que tildaba de violento lo que no lo es. Es decir, presentando el fenómeno de la violencia de los hombres contra las mujeres como algo que es parte de la naturaleza y, por ende, algo que debemos aceptar con resignación, al igual que aceptamos que los animales cazan a otros animales por instinto de supervivencia. Por el contrario, presentaba la delincuencia común o callejera como un hecho social que afecta negativamente nuestra convivencia y que, por lo tanto, podía y debía ser remediado con estrategias múltiples. Y ¿cómo logró que el público sintiera y pensara que lo natural-aceptable es que los hombres abusen de las mujeres? Trayendo a los perros, gatos y ratones a colación. Con esto naturalizó un fenómeno que no tiene nada que ver con la naturaleza o los instintos, sino con el manejo abusivo del poder de los hombres sobre las mujeres.
No estoy diciendo que no haya una estrecha relación entre la violencia contra las mujeres, niñas, niños y ancianos, y aquella que se ejerce contra los animales, y el planeta. Pero esa no fue la intención de este señor. Su intención, como dije, fue trivializar un problema muy serio y esto sí que tiene relación con la violencia hacia todos los seres infravalorados, es decir, todos aquellos que no somos hombres adultos. Tanto la violencia contra las mujeres, como la crueldad contra los animales y la sobre explotación del planeta no se toman con la urgencia que requieren, porque o se perciben como “naturales” e inevitables, o se consideran problemas que habrá tiempo de enfrentar una vez que hayamos terminado con las guerras, la corrupción, la pobreza, etc.
No se considera que todos estos problemas sociales tienen una misma causa o raíz, que es un sistema de valores dicotómico, sexualizado y jerárquico que conforman lo que podemos llamar el paradigma patriarcal[ii].
La manera en la que nos explicamos la realidad está profundamente relacionada con la forma en la que actuamos en ella. Es decir, tiene que ver con qué cosas aceptamos como inevitables y qué cosas pensamos que podemos cambiar. Precisamente, fue la posibilidad de ver otra realidad con nuestros lentes de género la que nos permitió a las feministas ver y entender que no era natural e inmutable que el espacio de los hombres fuera la política, y el de las mujeres lo doméstico, que no era natural e inmutable que los hombres fueran los jefes de familia y las mujeres las servidoras de ellas, que no era un mandato divino que las mujeres estuviéramos en este mundo sólo para la reproducción humana, etcétera.
Fue también gracias a la teoría de género que supimos que vivimos bajo un paradigma patriarcal que se ha ido modificando a través de la historia, pero en el que siempre se justifica la centralidad del hombre ya sea con argumentos religiosos, militares, económicos, simbólicos, políticos, científicos o de la índole que sean de tal manera que hasta las mujeres entendemos y nos explicamos el mundo bajo esta mirada androcéntrica. Por ello, ni las mismas víctimas de la violencia de género contra las mujeres la viven como lo que es: un fenómeno social que no tiene justificación bajo ninguna circunstancia[iii].
Bajo el paradigma patriarcal que, según la historiadora Gerda Lerner, tiene ya más de cinco milenios de ser el paradigma dominante o al menos subyacente en las distintas culturas y sociedades humanas[iv], los hombres y lo masculino se asocian con el poder sobre las mujeres y lo femenino. Esta cosmovisión justifica la superioridad de los hombres y todo lo relacionado con ellos por medio de la religión, la ciencia y la ley que han determinado como más importante y necesarios para la humanidad a los humanos de sexo masculino. También se han desarrollado teorías que justifican que el hombre sea el parámetro de lo humano, y que la humanidad sea entendida como la especie suprema de este planeta y, tal vez, hasta del universo. Esta cosmovisión, en términos muy simplificados, es la siguiente:
El pensamiento occidental dominante explica la realidad en forma atomizada, fragmentada y desconectada. Peor aún, entiende esa atomización de forma dicotómica: cultura/naturaleza, bueno/malo, espíritu/materia, mente/cuerpo, racional/irracional, pensamientos/sentimientos, público/ privado, blanco/negro, masculino/femenino, guerra/paz, etc. Esto no quiere decir que no subsistan culturas que tienen formas distintas de entenderla y hasta personas que viven bajo el paradigma occidental dominante que, sin llegar a explicarse el mundo de otra manera, tienen momentos en que ven la unicidad y fluidez en todo, pero esto no es común.
No es usual que pensemos que en todo lo racional hay algo de irracional; que los pensamientos siempre están influenciados por los sentimientos o que la mente y el cuerpo son uno. Generalmente, pensamos que hay que controlar nuestros impulsos o instintos en vez de pensar que podemos aprender a negociar nuestros deseos. Tampoco es usual que veamos a la naturaleza como cultura o viceversa, a la cultura como una manifestación de nuestra naturaleza. No es usual que veamos al otro u otra como parte de nosotras mismas. Todo lo contrario, la cosmovisión dominante en nuestro mundo globalizado, hace que nuestro ser se reafirme en oposición al otro. La intolerancia que campea en nuestros corazones es la prueba de que todo lo clasificamos dicotómicamente.
Pero estas dicotomías son el menor de nuestros problemas. Según el paradigma patriarcal, no sólo entendemos el mundo dicotómicamente, sino que sexualizamos las dicotomías, de manera que lo racional, el pensamiento, la cultura, lo público, la mente, la pureza, se entiendan como categorías pertenecientes a lo masculino; mientras que los sentimientos, la naturaleza, lo irracional, el cuerpo, lo impuro etc., se entiendan como pertenecientes a lo femenino. Esto en sí no tendría por qué ser problemático, si luego no se jerarquizaran estas dicotomías sexualizadas de manera que lo racional, el pensamiento, la cultura, los hombres, son entendidas como superiores, más importantes o más necesarias que lo irracional, los sentimientos, la naturaleza y las mujeres.
Una vez establecido que lo racional, lo público, la cultura, el pensamiento son valores masculinos, es fácil establecer que los hombres los tienen en mayor grado que las mujeres, obviamente, y en mayor grado que todos aquellos seres que, aunque masculinos, no son hombres adultos. Infinidad de libros y documentos de estos últimos siglos hablan de la irracionalidad de los niños, de la no inteligencia de los animales y de las cualidades femeninas de la naturaleza a la cual se debe dominar. No olvidemos que fue uno de los llamados padres del cientifismo, Francis Bacon, quien estableció que la ciencia sería el método para extraer todos los secretos de la naturaleza sin dejar nada al azar. Según Bacon, la ciencia tenía que torturar a la naturaleza, como lo hacía la inquisición con las mujeres, para obligarlas a decir la verdad. Y a pesar de que esta forma de entender la realidad nos está llevando a la destrucción del planeta; y aunque cada vez hay mayor conciencia de esta destrucción y de la precaria situación en la que vivimos todos los seres que lo habitamos, muy poco se ha hecho para desmantelar el sistema de valores que subyace a la forma en que nos explicamos la realidad. Es cierto que tanto las feministas como aquellas personas que buscan la paz, o luchan contra la crueldad hacia los animales, o a favor de conservar la naturaleza, hemos señalado algunos aspectos de este sistema como los responsables de los males a combatir.
Pero el problema es que no analizamos críticamente el sistema de valores en su totalidad, sino que nos abocamos a luchar contra ciertos aspectos o ciertos valores dentro del sistema. Quienes luchan contra la violencia hacia las mujeres se han concentrado más en denunciar la impunidad en vez de también, y vean que subrayo el también, poner iguales esfuerzos en la revalorización de las cuestiones asociadas con lo femenino.
Cuántas mujeres jóvenes hoy se afanan de no saber cocinar, ni tejer, o coser, y se sienten totalmente liberadas porque pueden escoger tener un cuerpo ideal, sin darse cuenta que lo moldean de acuerdo a una estética impuesta precisamente por el sistema patriarcal. Cuántas veces nos dicen que ya no hay necesidad de feminismo porque ya las mujeres pueden ser presidentas, concejalas, etc., sin ni siquiera cuestionarse ¿cuántos hombres hacen el trabajo doméstico, o por qué, si ya somos iguales, aumenta día a día la violencia contra nosotras? Si ya no hay necesidad de feminismo, ¿por qué se sigue creyendo que las leyes y políticas contra la violencia hacia las mujeres discriminan a los hombres?
Por otro lado, los que “luchan” por la paz no se dan cuenta que hay que buscarla en el amor, el perdón y la conciliación, todos valores asociados con lo femenino. Quienes defienden los derechos de los animales o de la niñez, o de los afrodescendientes o indígenas o discapacitados, mantienen actitudes y valores sexistas, sin darse cuenta que los sujetos de su protección son feminizados para justificar su explotación o desvalorización.
¿Cuál es este sistema de valores que mantiene la opresión de tantos seres con tanta violencia? Es aquel construido por la forma androcéntrica de ver y entender el mundo. Es decir, aquel en que los valores femeninos o clasificados como tales son subvalorados y hasta despreciados. Es aquel que establece que lo que se clasifica como masculino, racional, productivo, perteneciente al mundo público, a la política, etc., vale más que lo que se clasifica como femenino. Por eso el cuidar y nutrir vale menos que producir dinero, los sentimientos y la espiritualidad menos que la razón, el mundo privado menos que el público, la paz menos que la guerra; un bosque menos que unas tucas.
Además, en este sistema hay seres paradigmáticos y seres “otro” inferiores. Así, el humano de sexo masculino, blanco, adulto, sin discapacidades, productor (es decir, adinerado), heterosexual, es ese ser paradigmático, el modelo del ser superior hecho a la imagen y semejanza de Dios. Todos los demás seres que habitamos este planeta estamos para servirle en mayor o menor grado, y con mayor o menor violencia. Entre más se aleje un ser de este modelo de superioridad, más justificada es su explotación. Para que todos creamos e interioricemos esto, el sistema se ha valido no sólo de la religión, sino de la fuerza bruta, la ciencia, la política y el mundo simbólico.
Así, la crueldad hacia los animales se justifica porque la ciencia dice que son seres irracionales, la religión que están en este mundo para servir a los hombres, la historia que fueron y deben ser dominados o domesticados, y en el campo de lo simbólico, el lenguaje por ejemplo, se utilizan nombres de animales para insultar o desvalorizar conductas. “Es un cerdo”, para describir a una persona que se comporta con escasa ética. “Qué vida más perra”, para describir una sensación de malestar. “Qué burro”, para una persona poco inteligente, y tantos otros ejemplos.
A las mujeres se nos asemeja a hembras del mundo animal para descalificarnos: “perras” para describir a una mujer promiscua o prostituta, “patas” para nombrar a una lesbiana, “yegua” para una mujer que no entiende algo complicado. Pero no sólo se animaliza a las mujeres para justificar nuestra explotación, sino que a los animales y a la naturaleza se los feminiza con idéntica intención.
También sucede que muchas personas bien intencionadas humanizan a los animales para darles mayor valor y para que los tratemos mejor. Eso mismo pasa con las mujeres. Muchas personas insisten en que somos racionales, productoras, fuertes, etc. Es decir, que no somos tan diferentes de los hombres. Y aunque esto es cierto, el problema es que seguimos sin valorar aquellas categorías que se han clasificado como femeninas. No se trata de que construyamos un mundo donde entendamos a los animales, a las mujeres, y a todos los demás discriminados y explotados como seres racionales, productivos, fuertes, y valientes, solamente. Se trata de que entendamos los excesos de la racionalidad, los matices de la inteligencia, la maravilla de los sentimientos, la fuerza de los llamados débiles, y la riqueza de la diversidad.
En vez de insistir que los animales son racionales como los hombres, podríamos aprender de la generosidad de nuestras mascotas, su falta de consumismo, su facilidad para expresar sus sentimientos. Podríamos entender que también es violencia cuando aceptamos que se usen animales en experimentos científicos que resultan ser innecesarios, o para nuestro placer. Si bien es cierto que la estrategia de equiparar la violencia que se da en las relaciones interpersonales entre hombres y mujeres con la violencia en las relaciones internacionales entre Estados nos ha servido para que se entienda que las primeras son diferentemente devastadoras, podríamos también tener estrategias para que se entienda que hay violencia cuando permitimos que se usen cuerpos de mujeres para vender mercancías, o cuando sometemos a nuestros propios cuerpos a la idea de belleza impuesta por la moda y las transnacionales de los productos de belleza.
Pero ¿cómo hacemos para ver la violencia en lo que el patriarcado nos vende como deseable y natural? ¿Cómo hacemos para ver los valores patriarcales que hemos interiorizado? Yo creo que es necesario y urgente que nos entrenemos a ver qué valores hay detrás de cada conducta. Y preguntarnos si hay valores patriarcales ocultos detrás de estrategias con las cuales tratamos de eliminar la violencia contra las mujeres; porque si bien es cierto que es importante que se nos reconozcan nuestras capacidades intelectuales, productivas y políticas, también es necesario que logremos que nuestras sociedades valoren el cuidar, nutrir y sentir, todos valores femeninos, si queremos erradicar al patriarcado. Sin ello, no podremos eliminar la violencia; por eso es tan necesario cambiar nuestra cultura androcéntrica y patriarcal a través de la creación de otra cosmovisión.
Tenemos que crearnos otra conciencia en la que haya más conexión y equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Y debemos siempre recordar que estamos partiendo de un sistema fragmentado y desequilibrado, en el cual lo masculino está sobrevalorado. Por lo tanto, para lograr ese balance, debemos darle énfasis a los valores considerados femeninos que, sin embargo, están presentes en cada uno de nosotras/os.
La agresión en la pareja, el abuso sexual incestuoso, la violación y tantas otras formas de tortura que hemos padecido y seguimos padeciendo las mujeres nos han dejado muy adoloridas, dañadas, y hasta misóginas.
Todavía culpamos a otra mujer o a nosotras mismas por actos que, aunque a veces cometidos por mujeres, en realidad benefician a los hombres.
Además, la visibilización y desnaturalización de la violencia de género, romper el silencio y el hecho de “hablar el dolor”, a veces, nos ha llevado a sentirnos más “víctimas” que agentes de transformación social. Todavía competimos entre nosotras por migajas de poder. Todavía entre mujeres nos hacemos mucho daño.
Muchas de nosotras morimos a causa de una sexualidad impuesta, una medicina ginope, unas leyes que nos discriminan y una religión que nos desprecia. Nuestras posibilidades económicas continúan siendo realmente pocas y, todavía, la mayoría de nosotras vivimos en condiciones infrahumanas.
Los medios masivos de comunicación siguen difundiendo imágenes humillantes de nosotras. Lo más difícil ha sido dejar los valores de los padres: la sobrevaloración del éxito personal en la esfera pública, aunque con ello se descuiden nuestros cuerpos y nuestras relaciones personales; el respeto por la acumulación de la riqueza material, sin tomar en cuenta que para lograrlo se sacrifican vidas; la fe ciega en el poder de la tecnología, creyendo que con ella se resolverán los problemas que ella misma ha creado; así como tampoco hemos podido librarnos de los malvalores patriarcales como la misoginia, el androcentrismo, el racismo, el heterosexismo, el militarismo, la xenofobia, la homofobia, y tantas otras formas de discriminación que se mantienen, si no en la forma como pensamos y analizamos la realidad, sí en la manera en la que expresamos nuestros compromisos, nuestros odios y amores, y nuestra espiritualidad.
Y no debemos olvidar que la transformación del patriarcado pasa por la transformación no sólo de las mujeres, sino también de los hombres. Ambos sexos debemos aprender a valorar lo femenino así como tomar conciencia sobre nuestros actos que refuerzan la sobrevaloración de lo masculino, que es la espina dorsal del Patriarcado. Ambos sexos debemos estar concientes de que todos los hombres se benefician de la subordinación de las mujeres, es decir, que todos se benefician de la sobrevaloración de lo masculino, aunque paguen un precio muy alto por ello. De esta manera, también las estrategias para concientizar a los hombres de su masculinidad debe llevarlos a una transformación personal que los haga entender que sus carencias emocionales derivan de sus privilegios y que, por ende, para lograr un equilibrio entre lo masculino y lo femenino, es necesaria una estrategia que refuerce los valores femeninos en ambos sexos.
También es importante usar otra lógica que nos ayude a entender que se puede amar a un compañero, a un hijo o a un hermano aun cuando se está luchando por eliminarles sus privilegios. Una lógica que nos ayude a comprender que cuando hablamos de que todos los hombres se benefician de nuestra subordinación, no es porque los odiemos, sino porque comprendemos cómo funciona el patriarcado, y sabemos que si no responsabilizamos a personas de carne y hueso, seguiremos en este patriarcado por varios siglos más. Necesitamos una lógica que nos haga entender que si los hombres no se despojan voluntariamente de sus privilegios, es porque son sexistas y deben verse como tales antes de que podamos cambiar nada. Pero desarrollar esta lógica es un trabajo mucho más duro de lo que se cree, pues es difícil exigirle a una mente que sólo entiende de “lógica patriarcal” que valore y acepte una lógica afectiva que no fragmente ni jerarquice todo lo que entiende. Esta contradicción nos lleva muchas veces a hacer análisis desde las mujeres que siguen siendo androcéntricos, es decir, que parten de la visión atomizada y dicotomizada que han creado los hombres en este patriarcado, y que toman como paradigma de ser humano al sexo masculino. Así como los hombres analizan la experiencia humana dividiéndola en clases sociales antagónicas, en esferas privada o pública, en ideas de la mente y cosas de los sentimientos, en la guerra y la paz; las mujeres hemos estado analizando la realidad desde esos parámetros, proponiendo leyes y políticas que no transforman la manera dicotómica de entender el mundo.
En síntesis, creo que para erradicar la violencia de género contra las mujeres tenemos que desplazar al hombre como el centro del universo y entenderlo como uno más entre millones de seres que habitamos este planeta. Tenemos que encontrar la conexión y, por ende, el amor entre los sexos y con otras especies, para que entendamos que ni los sexos, ni las razas, ni los pueblos son realmente tan diferentes a otros seres.

III. La buena noticia
Como decía al principio, a pesar del aumento de la violencia contra las mujeres, niños, ancianos, animales y el planeta mismo, la buena noticia es que hay un paradigma emergente en la ciencia, que algunas personas llaman holístico o cuántico, que nos ofrece un cambio de perspectiva aún más grande que el provocado por la revolución Copernicana, cuando el mundo occidental tuvo que ajustarse —con mucha resistencia a lo largo de todo el camino— a la realidad de que la Tierra no era el centro del universo, o cuando tuvo que ajustarse a la idea de que la cultura occidental no era la más desarrollada, sabia o civilizada. Ahora estamos en camino —otra vez, con mucha resistencia— de aceptar que nosotros los humanos y mucho menos los de sexo masculino, no somos los habitantes centrales del planeta Tierra y, más aún, que la Tierra no es el centro del universo.
Este paradigma emergente nos enseña que no hay nadie ni nada central, sino que lo que hay es una red de partes distintas y, aún así, mutuamente dependientes e interrelacionadas.
La buena noticia es que la misma ciencia patriarcal ya no sostiene las ideas basadas en la física clásica, según la cual existen cosas o seres con existencia independiente, separados los unos de las otras; y, por ende, la ciencia ya no sostiene el pensamiento dicotómico que fue indispensable para mantener la superioridad de un sexo sobre el otro. La física cuántica ha demostrado, sin lugar a dudas, que la realidad física es el resultado de múltiples o quizás de infinitas interacciones, con lo cual se llega a la teoría de la unidad del universo y la total interconexión de todo cuanto existe. Si el mundo físico está siempre interconectado, esto quiere decir que el mundo social también lo está. De esta manera, la sociedad no es la suma de mujeres y hombres, niños y ancianos, razas y clases, familias, comunidades, naciones o regiones, sino una red de relaciones. Por lo tanto, el pensamiento dicotómico, jerarquizado y sexualizado, que dio inicio al Patriarcado y que fue reforzado en diferentes momentos por la religión, la filosofía, las ideas políticas y, por último, por la ciencia mecanicista, ya no encuentra apoyo en la nueva ciencia patriarcal cuántica. Y esto es lo irónico en realidad, es la misma ciencia patriarcal la que contribuirá enormemente a la derrota del Patriarcado.
Por supuesto, este paradigma emergente en la ciencia patriarcal, es emergente sólo en la cultura dominante occidental, porque para muchas culturas indígenas o aborígenes, para muchas espiritualidades y hasta para el feminismo radical, el ecologismo profundo y para los y las místicas de todos los tiempos y de todas las religiones, el saberse seres no centrales, conectados e interdependientes ha sido central en sus epistemologías.
Algunos hombres, y quizás algunas mujeres, vivirán este desplazamiento del hombre como central en la experiencia humana y, por ende, en el universo, como humillante, pero estoy convencida que habrá muchísimas personas que lo entenderán como liberador. Debe ser muy estresante estar y sentirse permanentemente en el centro, y a la vez separado de toda la creación. Por el contrario, la conexión con otros seres, el saberse uno o una entre millones de seres es muy reconfortante a la vez que emocionante, porque quiere decir que hay infinidad de formas nuevas de relacionarnos. Formas que no incluyen la violencia porque no parten de la superioridad de ningún ser. En otras palabras, sin desigualdad, no puede haber violencia.
La buena noticia es que para ayudarnos a desconstruir ese mundo desigual podemos utilizar la CEDAW, específicamente su artículo 5, que exige al Estado la transformación de las costumbres y tradiciones que discriminan a las mujeres. Recordemos que la CEDAW, al ser un instrumento internacional de derechos humanos, no es discrecional para los Estados que la han ratificado. Esto quiere decir que el Estado está obligado a implementar todas y cada una de las medidas necesarias, ya sean de la índole que sean y en todas las esferas (política, económica, legislativa, cultural, etc.), para eliminar los estereotipos sobre hombres y mujeres que redundan en la desigualdad y violencia contra las mujeres. Esta obligación implica que el Estado debe hacer todo lo posible y con la debida diligencia para que la forma de pensar y concebir el mundo que redunda en la centralidad de lo masculino sea erradicada de las mentes de hombres y mujeres. La CEDAW, a pesar de ser un instrumento legal aceptado dentro del patriarcado, es decir, un instrumento que Audre Lorde llamaría patriarcal, puede y debe ser un instrumento de derechos humanos que va mucho más allá de lo legal. Es un instrumento de empoderamiento de las mujeres que no se contenta con eliminar la impunidad por los actos cometidos contra nosotras o lograr una “accountability”—rendición de cuentas— por las violaciones perpetradas contra nosotras, sino un instrumento que pretende una transformación en las relaciones entre los sexos y, por ende, una transformación en la forma como concebimos la realidad. Así, aunque parezca contradictorio, estoy proponiendo que utilicemos un instrumento legal del sistema patriarcal, para lograr cambios en nuestras culturas, que nos lleven a eliminar la infravaloración de todo lo relacionado con lo femenino. Para ello, tenemos que reavivar nuestros sueños y utopías no sexistas; y, con ellos como guías, podremos utilizar la CEDAW para construir otro sistema de valores, otra forma de entender y pensar el mundo. Sólo así podremos encontrar, crear y recrear una sociedad donde la violencia contra las mujeres, los y las ancianas, las y los niños y los animales o la naturaleza sean impensables.
¡Muchas gracias!


[i] Según un informe posterior de la Relatora Especial del 2000: “en muchas sociedades, el anhelo de ser bellas ha afectado a menudo a las mujeres de diversas maneras. En el mundo ‘occidental’ del siglo XXI, el mito de la belleza según el cual el cuerpo femenino delgado es el único modelo aceptado se impone a las mujeres a través de las revistas, la publicidad y la televisión. Este mensaje llega a muchachas jóvenes muy influenciables, que intentan alcanzar esa imagen perfecta sin darse cuenta de que, a menudo, no es realista. Los anuncios siguen representando a las mujeres en sus funciones tradicionales o como cuerpos para vender un producto. Esta cultura de ideales difíciles de convertir en realidad da lugar  a muchas prácticas que causan notable daño al cuerpo femenino. La cirugía estética de todas las partes del cuerpo de la mujer ha creado problemas de salud y complicaciones en muchas de ellas. Además, los trastornos alimentarios debidos a hábitos de alimentación insalubres son también motivo de gran preocupación en el mundo occidental, donde las muchachas y las mujeres sufren desproporcionadamente esos trastornos y las exigencias culturales de tener un cuerpo delgado. Se estima que sólo del 5 al 10% de las personas con trastornos alimentarios son hombres.

[ii] Cuando hablo del paradigma patriarcal estoy utilizando el concepto “paradigma” como sinónimo de cosmovisión. Por ejemplo, un paradigma en este sentido sería un conjunto de experiencias, creencias, actitudes, sentimientos y valores que afectan la forma en que una percibe la realidad y la forma en que una responde a esa percepción. Entonces, cuando hablamos de “cambio de paradigma” estamos haciendo referencia a un cambio en la forma en que una determinada sociedad organiza e interpreta la realidad. Un “paradigma dominante” se refiere a los valores o sistemas de pensamiento en una sociedad estable, en un momento determinado. Por ejemplo, el paradigma patriarcal se refiere a los valores masculinizados y a un sistema de pensamiento dicotómico, sexualizado y jerarquizado. En estos momentos históricos, el paradigma patriarcal es dominante en todas las sociedades o culturas del mundo, aunque dentro de este paradigma patriarcal emergen unos que se le oponen. También coexisten paradigmas alternativos dentro del paradigma dominante. Por ejemplo, un paradigma emergente dentro del patriarcado son las utopías feministas, y un ejemplo de paradigma alternativo que coexiste dentro del paradigma patriarcal dominante son las culturas y cosmovisiones indígenas. El problema es que, con el tiempo, si el paradigma dominante no es substituido, afecta el trasfondo cultural de los paradigmas emergentes y alternativos, a veces a tal punto que más bien vienen a fortalecer el paradigma patriarcal. Las siguientes son condiciones que facilitan el que un sistema de pensamiento pueda convertirse en un paradigma dominante:
• Estructuras estatales que organizan el paradigma.
• Organizaciones profesionales y de trabajadores que lo legitiman.
• Líderes sociales que lo introducen y promueven.
• Medios de comunicación estructurados en torno al pensamiento dicotómico, sexualizado y jerarquizado, legitimándolo al tiempo que difunden el paradigma.
• Agencias gubernamentales que lo oficializan.
• Métodos de educación y educadores que lo propagan al enseñar a sus alumnos.
• Movimientos sociales que parten de las creencias centrales del paradigma.
• Fuentes financieras que sólo reconocen el trabajo centrado en el paradigma.
• Un imaginario social organizado alrededor del paradigma.
• Ideas religiosas y morales que parten del paradigma y lo fortalecen.
• Historia oficial basada en el paradigma.
• Conceptos de belleza que benefician el paradigma, etcétera.

[iii] 4 Como lo dice el informe del Secretario General, el patriarcado se expresa en diferentes culturas que aunque muy diversas entre sí, tienen en común la violencia contra las mujeres: “Los medios por los cuales la cultura da forma a la violencia contra la mujer son tan variados como la cultura misma. Por ejemplo, los fenómenos de ‘violación durante una cita’ y los trastornos de la alimentación están vinculados a las normas culturales, pero no son frecuentemente rotulados como fenómenos culturales. En los Estados Unidos, los investigadores comprueban la existencia de elevadas tasas de violencia contra la mujer en relaciones de citas románticas ocasionales o duraderas, que son una forma culturalmente específica de relaciones sociales entre mujeres y hombres, con expectativas culturalmente construidas. Según un organismo, “el 40% de las adolescentes de 14 a 17 años dicen que conocen a alguna compañera de clase a la que un novio la ha golpeado o le ha dado una paliza [y] una de cada cinco estudiantes universitarias de sexo femenino sufrirá alguna forma de violencia en una cita.” Análogamente, los trastornos de la alimentación, en particular la dieta de hambre (anorexia) y la bulimia (alimentación excesiva), se vinculan con valores culturales: “hay estudios que indican que las expectativas relativas al peso corporal y a la apariencia, en particular orientadas hacia las niñas, provienen de los padres, los pares, la industria dietética y las imágenes de los medios de comunicación.”

[iv] Aunque hace demasiados milenios para saber todos los detalles, el sentido común y las investigaciones de antropólogas e historiadoras feministas reconocen que el paradigma patriarcal emergió como la separación de la conexión preexistente entre los sexos. Y es que para que los hombres pudieran dominar a las mujeres, tenían que diferenciarse y separase de ellas. Esta separación se fue profundizando durante milenios hasta que una nueva forma de existencia se desarrolló entre los humanos basada en el poder sobre y la dominación de los seres que se percibían como más débiles o inferiores. Con el transcurrir de los milenios, la antigua sabiduría que brotaba de saberse conectados con la creación y con todos los seres vivientes se perdió totalmente. En su lugar, fue emergiendo lo que hoy conocemos como el paradigma mecanicista que entiende y se explica la vida en términos totalmente materialistas. Pero para que pudiera emerger el paradigma mecanicista, se necesitó de un pensamiento dicotómico que en vez de ver las conexiones en todo, se explicara la realidad en términos opuestos.

Facio, A. (2010). Un nuevo paradigma para eliminar la violencia contra las mujeres. En Discriminación y Género. Las formas de la violencia (pp. 31-46). Buenos Aires: Ministerio Público de la Defensa, Defensoría General de la Nación.

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